El local es pequeño, estrecho y alargado, por lo que no es difícil que siempre dé la sensación de estar repleto de parroquianos. Matías acostumbra a sentar sus reales, si alguna la vez los tuvo, temprano por la mañana, al final de la barra, desde donde puede observar las idas y venidas de toda la parroquia. La mayoría de las veces lee, o hace que lee, la prensa. Una prensa que no da más de sí que las noticias locales y un periódico deportivo que los clientes sucesivamente se encargan de requerirle con un. ¿Te importa? Me lo dejas un segundo....Matías siempre asiente. Es un tipo educado, o cree serlo. Habla mucho, pero cuando se le pregunta y anda en confianzas; sino opta por mirar y escuchar, pues como él dice es terreno donde se encuentra a sus anchas y donde de verdad se aprende (de uno mismo y de los demás). La taberna es lugar donde se hablan todos los idiomas, una especie de torre de Babel en ciernes, en donde el más común de los idiomas acaba siendo extraño. Desde el árabe, hasta el mandarín, pasando por la jerga Romaní, Matías hace tiempo que viene pensando que a no poco tardar las gentes no se entenderán,  ni siquiera por señas. Los tiempos han cambiado una barbaridad. Los osados, es decir, los ignorantes, claman por sus fueros; todo el mundo entiende y habla de todo como si en ello le fuera las vida, y así, en estas, todos son más que todos y nadie menos que ninguno. Matías anda en las suyas que no son pocas, pero procura no perder hilo de esas conversaciones, muchas cogidas al hilván, que ni le van ni le vienen, pero que siempre dejan algo interesante para rumiar un rato y luego, tiene excelente memoria, para lo que quiere, tomar algunos apuntes de lo oído y con ello hacer algún escrito acido de los que acostumbra a escribir temprano por la mañana cuando la luz pugna por hacerse un resquicio en la oscuridad, o simplemente unas risas, solas o acompañadas.

Dos cretinos piden un café a su lado y entre bromas y veras hablan de la crisis, el paro, y como para ellos va indisolublemente unido al problema, de los extranjeros. Dafei el propietario, chino, que en pocos años de estancia en el país le queda un pelo para ser baserritarra y por tanto está en el secreto, escucha y calla. A Matías le empiezan a temblar los belfos, como solo le tiemblan con la injusticia; se le calienta la cabeza, y en el fondo de esas ojeras oscuras en las que guarda de común unos ojos tiernos y burlones, estos le comienzan a brillar de ira; se pasa la mano por el rostro, suave, lentamente, casi acariciándose; luego, mirando fijamente a una hucha de barro con forma de cuto, comienza a murmurar por lo bajo, pero lo suficientemente alto para que los cretinos y el chino se den por enterados: MI dios es judío, Mi coche alemán, la gasolina con la que lo nutro kuwaití, MI pizza italiana, MIS números árabes, las letras con las que escribo latinas; a MI madre, angelico del señor, le limpia los mocos, las babas y el culo una andina y...-entonces, Matías, se vuelve a acariciar el rostro, y haciendo un pequeño mutis, añade- YO nunca, jamás, jamás, osaré llamar a otro extranjero. Silencio en la sala. Matías sabe que le miran. Se baja lentamente del taburete, pasa despacio junto a los cretinos, con la mirada al suelo, levanta la mano y dice: hasta luego hermano. Dafei sonríe. En la calle hace frió. Se mete las manos en los bolsillos del tabardo y mirando al suelo y con los hombros encogidos, siente el regusto amargo que deja el poso de la ira. Ya en casa, se sienta en su mesa de trabajo y escribe. Mañana volverá con el claro volverá a sentarse al fondo de la barra, se tomará un té y si le hablan, hablará, y sino, mirará o escuchará. Que se aprende mucho.