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La Coctelera

atxoborroa

15 Mayo 2008

El pueblo donde los niños nacían viejos

El único consejo que recibió Matías Crespo años antes de emprender el camino profesional, fue que mirara siempre un poco más allá de lo que veía. Se lo dio Restituto Mantecón, el que había sido su amigo, al que no se sabe bien porqué desde niño los idus de marzo habían regado con el conocimiento.

Ahora, apenas un punto oscuro, entre las olas doradas que mecía el viento en los trigales de Castilla temía que estas le hicieran desaparecer por completo, si es que ya no había desaparecido bastante; sin embargo después de la tempestad viene la calma de la siega, era cuestión de días. Un perro sarnoso, con los ojos llenos de moscas y turbios por la edad, echado en un ribazo, esperaba también la calma del atardecer de su vida, dos liebres cruzaron el camino al trote, y cuando pasó a su vera sintió doble lastima: por el chucho y por él mismo. De alguna manera navegaban en el mismo barco. El perro lloriqueo lastimero. Le dio el último trozo de pan que llevaba en su mochila y continuó su andadura..

Matías llevaba mucho tiempo haciendo camino, el camino de la vida, casi tanto que le era imposible recordar cuando, en donde y como empezó. El tiempo difumina los recuerdos, redondea las aristas e invita a la contemplación poética, al menos eso es lo dice Juan Goytisolo; sin embargo, si sabía que había sido largo y estrecho como solo los pasillos de pensiones escondidas en los cascos viejos de las ciudades suelen serlo. Se acercaba al pueblo y pensó que de no ser por él y por el camino, el pueblo jamás hubiera existido, todo lo más, cómo mucho, hubiera pasado por encima, desconociéndolo. El calor hacía reverberar el alquitrán de la carretera, que daba principio y fin al camino terroso, haciéndole creer que el agua flotaba sobre ella. El caserío se arracimaba a los lados de la sirga peregrinal que había sustituido a la antigua decumanun romana que atravesaba el pueblo de punta a punta, concediéndose un único respiro en la plaza situada en la mitad del recorrido.

Las casas eran de poca altura y a pesar de los últimos arreglos aparecían ajadas, tristes y, en algunas de ellas, la adoba rojiza asomaba entre la cal que en algún día tiñó la fachada de blanco. Matías buscó en la trasera de la iglesia el refugió que ya conocía. Subió las escaleras empinadas de caracol y saludo al hospitalero. Dejó sus enseres, que eran pocos, junto a la baranda de madera de la entreplanta desde la que se veían unos cuantos sillones junto a la chimenea y una larga mesa de madera. El edificio parroquial estaba adosado al muro de la iglesia y la pared de esta aparecía desnudo en la sala; dos ventanales apuntados cubrían sus luces con alabastro y daban un aspecto gótico al recinto, lo que hacía que más que un refugió, pareciera una extraña, pequeña y acogedora casa rural tan de moda en aquellos tiempos. Mientras se duchaba el ruido sordo de las tripas le dijeron que era hora de comer. Junker, el hospitalero, alemán, compartía, en soledad, conversación con unas lentejas estofadas, sin levantar los ojos del plato, a su lado una Biblia entreabierta dejaba escapar una carta de San Pablo a los Corintios. Vaya por Dios.

Dos lagartos inmóviles se tostaban al sol en los muros de la vieja iglesia. En la plaza dos viejas, con un pan debajo del brazo, les imitaban, al tiempo que andaban en chismes; chismes que de tanto repetir eran pura leyenda. Las saludó, en los pueblos siempre se saluda a los desconocidos. No hay otra. En el Casino, que antes había sido Centro Católico y antes más Casa del Pueblo, una pequeña pizarra, patrocinada por Coca-Cola, anunciaba que se servían comidas.

Es curioso como, a pesar del pasar de los tiempos se utilice el verbo servir como sinónimo de dar o vender. Quizás no tenga otro sentido que la costumbre, arraigada costumbre, impuesta por el amo, por el pudiente, por el señor que levantaba los poyos, jurisdiccionales y de los otros, a la entrada y salida de los pueblos, como indicativo de poderío y autoridad. Mala historia. Mala.

Subió al primer piso, siempre los casinos en los pueblos, y muchos restaurantes también, que se lo dijeran a él, están en un primer piso, y allí en un amplio salón las mesas estaban dispuestas a la buena de Dios, o sea: no estaban dispuestas de manera racional alguna; al fondo el ambigú donde Flora y Nicolás, los regentes, se afanaban en dar un servicio que nunca llegaría a ser más que discreto. Se sentó en una mesa, frente a los ventanales, desde donde se veía la plaza. Las viejas continuaban su cháchara monocorde. Nicolás, con una bayeta al hombro le ofreció el menú. Poca cosa. Eligió al albur, que más daba. Haciendo juegos de malabar comió los espaguetis y luego el pollo.- de corral le dijeron.-, más tarde arroz con leche envasado (infame) y luego café, copa y puro. Mientas comía grupos de paisanos aparecían y desaparecían, como por encanto, de la barra, una vez trasegados de tirón vinos peleones de la zona. Matías observó como todos y cada uno de ellos sobrepasaba ampliamente la sesentena. En la plaza otra vieja cruzó a la carrera la solanera. Todavía no había visto un niño, que digo niño, ni un joven. Lo comentó con una pareja que comía en la mesa próxima a la suya; ella colombiana, él estadounidense, también andarines. Entonces pensó que aquel pueblo bien daría el tema para un cuento, corto, pero cuento. Se titularía “El pueblo donde los niños nacen viejos”. Lo comentó con sus vecinos de mesa mientras se presentaba.

-Soy Matías Crespo y hago el camino, mi camino.- dijo.

-Ya. Yo Amanda Leticia y él es el que es.

-Vaya. Yo estoy haciendo el camino y…

-Nosotros también. Cada uno el suyo. Son caminos paralelos y por tanto es difícil que se junten, a no ser en el infinito; eso se dice de las paralelas. Sin embargo la energía que nutre el camino procede de la Vía Láctea, e incluso se dice que en Galicia, al principio de Galicia, hay una pequeña iglesia que guarda el Santo Grial, por lo que…, quien sabe…

Matías pensó: esotéricos, otra vez esotéricos. La pareja volvió a sus cosas y comenzaron a hablar de los paulicianos, bogomilos y cataros, para pasar en un salto mortal sin red a los templarios, rosacruces y masones. Matías dejó de prestarles atención, le aburrían esos temas. Se encendió un cigarrillo, aspiró profundo, y sacando una pequeña libreta de tapas de hule negra, que siempre llevaba consigo, comenzó a escribir:

“El único consejo que recibió Matías Crespo antes de comenzar el camino, su camino, fue que mirara siempre un poco más allá de lo que veía…”.

Miró por la ventana y continuó abriendo un paréntesis (aunque no sea real, continuar el principio del cuento en casa; describir el campo, el pueblo, las casas…etc.) cerró el paréntesis. Encendió otro cigarrillo y pidió a Nicolás un orujo de hierbas, el segundo.

...En la plaza otra vieja cruzaba al trote la solanera. Todavía no había visto un niño; que digo niño, ni un joven...

… pasaban los días, semanas, meses, años y los niños nacidos viejos iban notoriamente rejuveneciendo a excepción de las mujeres, que milagrosamente nacían niñas…

… llegado el momento en que los hombres, cada vez más jóvenes, ya tenían edad de casar, se daban irremediablemente cuenta de que en aquel pueblo el futuro no tenía futuro. La seca castigaba año tras año con mayor crudeza los campos, los inviernos nacían primavera y los veranos inviernos, en un mundo que, sin duda, parecía al revés…

La pareja de caminantes de la mesa del al lado, viendo a Matías absorto en sus cosas, pagó y se marcharon sin decir esta boca es mía.

… una vez casados y previamente dejar encintas a sus mujeres abandonaban el pueblo marchando a las ciudades en busca de mejor fortuna, y si esta llegaba, decían, tiempo habría de mandar llamar a sus compañeras para que se reunieran con ellas…

… nunca lo hacían, ni nunca volvían, ¿Cómo hacerlo? …el pueblo quedaba en manos de los niños-viejos, que a su vez comenzaban de nuevo con el ciclo. Era un mundo disparatado pero real…

…paradójicamente los hombres, con los años, convirtiéndose en niños cada vez se acercaban más a su absoluta niñez, a lo que hubiera sido su lógico nacimiento, y al tiempo también se alejaban más de su nacimiento; quizás la vida no era otra cosa que un largo exilio, un paréntesis en la nada…

Matías abrió un nuevo paréntesis y anotó (trabajar este tema en casa, pero sin caer en el esoterismo, supercherías y otras...que me conozco) cerró de nuevo el paréntesis

Sonrió embobado, embebido y satisfecho. Siguió con sus pensamientos hasta que Flora, la esposa de Nicolás, suponía, le dijo que a media tarde cerraban para asistir a misa. Cerró la libreta de hule y la guardó en el bolsillo trasero del pantalón, junto a la Kipa que siempre llevaba en sus viajes. La kipa que un día ya lejano le había traído Restituto de un viaje a Jerusalén. Salió a la plaza y estaba desierta. Las lagartijas seguían al sol. El pueblo dormía la siesta. Al llegar a la casa parroquial vio a Marcial Galloso sentado a la entrada, se sentó junto a él. Entretenía el rato con una grosera horquilla de avellano con la que, asiéndola por sus brazos, hacía círculos y semicírculos en la tierra. Hacía algunos días que venían coincidiendo en su andar por los caminos, pero nunca había hablado con el. Matías le miró con curiosidad y él le correspondió con una sonrisa y añadió: soy zahorí de devoción y liberador de aguas mansas de profesión, lo digo por lo de la horquilla. Encendieron un cigarrillo; Matías había vuelto a fumar el día anterior y con ganas. Cuando se camina, uno se mira en lugar del ombligo, los pies. Se miraron los pies un buen rato.

Dieron un paseo por la calle principal del pueblo, en realidad había pocas más. Había comenzado el atardecer, las fuerzas empezaban a flaquear y la cama, es un decir, estaba demasiado cerca. Venus apareció en el cielo y en su conjunción con Júpiter haría que los nacidos aquel sufrieran alopecia prematura, dijo Marcial sonriendo. Buen negocio para los vendedores de ungüentos mágicos, añadió, quizá con el ungüento del tigre…, cosas más extrañas se habían visto. Subieron al albergue y Junker, el hospitalero, sentado en la mesa del comedor escribía sus memorias. En los caminos se escribe mucho, luego al morir, con el cuerpo del difunto presente y todavía caliente, los herederos mandan, sin sonrojo, todos los papeles a la mierda, a la basura, mientras reparten la herencia.

Con la amanecida, cuando de antiguo se mataba en las callejas por celos, por las lindes o por el agua, Matías y Marcial atravesaron el pueblo. Matías tenía escrita una reflexión sobre los modos de matar actuales comparándolos con los tradicionales. “Hoy se mata mal, pero que muy mal”. Pero eso era otra historia. No revolvamos. El perro sarnoso montaba guardia en la salida, esta vez, apoyado en los escalones de piedra del poyo. Les dio lastima, abrieron una lata de sardinas y se la dejaron en el hocico y no se dio por enterado. Le acariciaron a contrapelo, como dice Delibes en “Las Ratas” que el Nini acarició a un perro, uno la cabeza y el otro el rabo, y el perro les lamió la mano. Al perro le quedaban pocas horas, y las moscas que hasta entonces se entretenían en sus ojos hinchados matarían el tiempo y el hambre en sus entrañas poco después, y solo un pingajo de piel quedaría de guarda a la salida, o a la entrada del pueblo, según se mire, como aviso para navegantes.

Se miraron el uno al otro y vieron para su sorpresa que eran una decena larga de horas más jóvenes. No dijeron nada, los dos estaban en el secreto. El pueblo iba quedando tras ellos y la siega, en una noche misteriosa, había dejado los campos yermos. El qué era el qué era y Amanda Leticia hacían conjuros en una cuneta, y un joven, a lo lejos, escapaba hacia la ciudad entre los campos del pueblo donde los niños nacían viejos. Se veía venir, visto lo visto. Que otra cosa podía hacer.

-Hoy hará calor. Con el fresco se anda mejor y más ligero, además, sería bueno dejar este pueblo cuanto antes…no sea que no lleguemos a viejos… ¿Te parece?

- Me parece- contestó Marcial, y mirando a su compañero le guiñó el ojo mientras sonreía. Ellos sabían de lo que no hablaban.

Los campos, ahora desnudos, aparecían a su vista como un cuadro de Paúl Klee. Matías se había acostumbrado a ver pintura en los paisajes, siguiendo las indicaciones de su amigo Racaso, pintor de mucho ingenio y poca fortuna, y había acabado siendo una manía. La veía por todas partes.

Un vencejo rozó la cabeza de Matías para, después, desaparecer entre las nubes. Pronto se acercaría a Venus.

- Matías ¿Estás leyendo a Delibes?

-Si ¿Porqué?

-Por nada. Como tú dices: cosas mías.

Tags: relatos

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