Llevaba un abriguito que apenas le cubría las piernas enfundadas en unos leotardos de lana del mismo color que el abrigo, un gorrito de lana calado hasta los ojos y en su carita redonda los mofletes, que producto del frio de la tarde anochecida, estaban sonrosados; la boca la tapaba casi por completo una bufanda anudada con esmero; los pies firmes en el suelo calzaban unas botas de color rojo carruaje, creo recordar. Estaba plantada en mitad de la acera con los brazos inermes ligeramente separados del cuerpo, y miraba fijamente a ningún sitio. Unos metros más adelante una paciente señora esperaba con una silleta a su lado vacía de contenido. Miré de nuevo a la niña, pase por delante suya una y otra vez, le hice señales con la mano, di algunas vueltas a su alrededor y la niña sin inmutarse siguió mirando a ningún lado. Estaba absorta en sus pensamientos. Ni me pareció extraño, ni todo lo contrario; yo de niño también pasaba horas muertas en esa posición, entonces se decía: está mirando a las musarañas; ahora que lo pienso jamás supe lo que eran las musarañas. Miré a la que sin duda era su madre y levantando los hombros le mostré mi extrañeza. Su madre me dijo: está mirando a las palomas. Me quedé perplejo, yo nunca he visto a las palomas cuando está oscuro, pero si ella lo decía así sería. Continué mi camino dejando a la niña y a la madre en la misma posición y postura en que les había encontrado. Días más tarde las volví a encontrar y por extraño que parezca estaban en la misma posición en la que las dejé: la niña mirando a ninguna parte y la madre, esta vez acompañada, del que supuse era su padre, y quizás, solo quizás, una pareja más, y la silleta vacía de contenido. No pregunté nada, para qué, es seguro que estaba mirando a las palomas. Las palomas siempre han tenido gran atracción para los niños, quizá por que al estar en el suelo, picoteando de aquí para allá, están más cerca de ellos que de los adultos. Pronto llegará Navidad y con ella los regalos y los juguetes, y entonces estoy seguro que la niña asentada fijamente al suelo con sus botitas de color rojo carruaje y los brazos inermes ligeramente separados del cuerpo se quedará mirándolos fijamente, aunque yo diría que a ningún sitio.
El oficio de escribir es tarea ardua y difícil, que requiere de imaginación, ingenio y oficio, que es lo que a mi me falta, por eso sé que nunca escribiré un cuento; a lo más que puedo aspirar es a inventar títulos, y ni siquiera eso, pues se encuentran en la vida diaria. Si yo supiera escribir, escribiría un cuento que llevaría por título “La niña que miraba a las palomas” y trataría de una niña que aunque pareciera que miraba a ningún sitio, en realidad miraba a las palomas, al menos eso es lo que diría su madre, estoy seguro.
Me he sentido identificada.
Te he solicitado amistad porque así no te voy a perder de vista.
Por aquí es difícil volverse a encontrar.
Saludos
Pues yo creo que escribes muy bien, a mi me ha resultado muy literario lo que has escrito. Me ha encantado, lo que has dicho y como lo has dicho.
Touchée mon cher !!
Palomas, símbolo apaciguador siempre socorrido. Miradas que ni tan siquiera pretenden ver , pensamientos difusos, mentes absortas en su plenitud , sendas en el intento de ser halladas.
Reloj de arena por unos minutos retornando a la niñez.
Cotidianedad en el título, imaginación , audacia , no falta oficio.
Muchas gracias por crear y compartir este delicioso " CUENTO" .