TRUEQUE
Sentado en el porche empedrado de la casa pensaba Rufino Calatrava que había llegado la primavera y todavía no se le había ocurrido nada que llevar al papel; algo que venía haciendo año tras año, sin dejar pasar uno, para regalar a los hermanos, amigos…Sin otro fundamento que los leyeran en verano y así se acordaran, al menos durante un rato, de él.
Lo cierto es que la borrasca que le había llenado la cabeza los últimos meses no había escampado por completo; eran días que las nubes, oscuras y densas, estaban tan cerca de su cabeza que casi podía tocarlas con las manos. Recordó a su amigo Restituto Mantecón cuando le dijo que lo único que había heredado por parte materna era imaginación, mucha imaginación, puesto que ella, no en vano, había tenido que luchar con denuedo para sacar adelante a la familia cuando enviudó; por parte paterna heredó el apellido, algún viejo documento donde se demostraba su hidalguía y poco más, lo que le había llevado a Restituto a buscarse la vida con prontitud, dando en ligeramente multimillonario. A fe que Rufino lo había intentado y a lo máximo que llegó fue a desarrollar una gran, excesiva diría yo, imaginación, que al contrario que a su amigo de poco le había servido, y a estas alturas de la vida había desistido en el empeño del resto. Sin embargo ahora la cabeza le andaba en rumia y no estaba para zarandajas, y menos aún para florituras.
Buscaba y rebuscaba en el archivo de los recuerdos por ver si de esa manera encontraba el principio, un párrafo, una frase o siquiera una palabra, algo, algo que le ayudara a comenzar el relato. Miró con deleite, y por enésima vez, las flores que alegraban el patio de la casa y a él mismo; extendió la mano, sin mirar, hacia la mesa que tenía a su lado y encontró una calabaza, se quedó perplejo; luego la miró y la remiró, entonces una leve sonrisa apareció en su cara. Se levantó lenta y pausadamente, subió las escaleras hasta su estudio donde pasaba las horas muertas, que ahora, desde que decidió jubilarse anticipadamente, eran muchas. Se sentó en la mesa, puso la calabaza en un lado, y encendió el ordenador, y comenzó a escribir.
<<La primera vez que Matias Crespo estuvo en Braga fue por una cuestión de trueque, de cariñoso trueque, y fue más o menos por estas fechas. Lo mismo que estar en Braga podría haber estado en cualquier otra ciudad; la vida se la pasaba llegando a ciudades casi siempre al atardecer; cuando la ciudad no recoge sino acoge; cuando las gentes de bien andan en presurosa recogida; cuando todavía las luces de neón se confunden en el anochecer. Al poco llega la noche y escondiéndose entre las luces y las sombras, Matías se adentra, al buen tuntún, al encuentro de no se sabe muy bien el qué, pero al encuentro. Sabía Matías, porque ya lo había percibido otras veces, que la primera y mejor impresión de la ciudad, de esta y de todas, es la nocturna, cuando ya no caben otros colores que los van del gris al negro.
Salió del hotel y caminó sin rumbo por la calles de la vieja ciudad. Todo estaba húmedo y frío. Se subió el cuello del tabardo hasta donde le dio de si, que no era mucho. Los adoquines humedecidos reflejaban los suaves y alargados guiños de las farolas. En un cruce, una castañera, envuelta por los humos de su fogón portátil, alargaba la jornada entre los escasos transeúntes, mientras se cernía la bufanda por la cabeza a modo de pañolón, para después frotándose las manos enfundadas en unos guantes de lana sin dediles, anunciar su mercadería. Los comercios habían cerrado y algún tardano daba un último toque de orden a su escaparate, un poco más adelante un viejecito miraba a través de la reja un escaparate, dudando si ésta lo encerraba a él o a los artículos que se exponían; enfrente, un enorme traje de novia de dudoso gusto, esperaba a una mujer imposible, que probablemente nunca llegaría; justo al lado, una peluquería de señoras exponían la última moda, que a tenor de los diseños poca clientela habría de tener; poco más allá, entre la bruma, destacaban las torres de la catedral, y en la esquina de una plaza, un kiosco quería ser Paris.
En las estrechas calles algunos cafés. Cafés de los de antes, con mesitas de cristal que el tiempo y el uso había convertido en opaco, ribeteadas con borde de latón salpicado de melladuras; mesas redondas, pequeñitas, rodeadas de sillas de cuero cuarteado que a él le recordaban a sacristía y rebotica. Los techos altos, altísimos, estaban adornados con cenefas de escayola en sus bordes, y grandes espejos que, por sus brillos, denotaban una meridiana limpieza. Es en estos cafés donde la gente se recoge y refugia de la oscuridad y el frío; lugares que andan entre la soledad y la tertulia. Entró en uno de ellos y se sentó al fondo, en un rincón cercano a la barra, frente a la puerta de entrada; siempre se sentaba cara a la galería. En una mesa un grupo de contertulios entrado en años se contaban lo que siempre se habían contado, viejas historias, que de tanto repetirlas, en poco, o en nada, se parecían a ellas mismas; a pesar de ello se prestaban una religiosa atención. Le vino al recuerdo “La Colmena” de Cela e incluso creyó entrever entre ellos a Don Ibrahin de Ostolaza y Bofarul, disertando sobre la usucapio. Unas mesas más allá un grupo de estudiantes alzaban sus voces sobre el murmullo de fondo, mientras devoraban sándwiches y bocadillos. Un niño, que apenas alcanzaba la altura de la barra de mármol blanquecino con vetas grisáceas, miraba embelesado los tarros de caramelos sin llegar a decidirse por ninguno de ellos; a su lado un hombre miraba al techo absorto, probablemente solo miraba por no pensar en nada. Las puertas batientes de la cocina, cuando se abrían, le llenaban de olores a refrito. Con las horas los parroquianos se fueron marchando, el ambiente de humera se desvaneció, quedándose solos Matías, el camarero y una pareja en la otra esquina, junto al hermoso y acristalado mirador modernista que daba a la calle. Se fijó en ellos y jugó, como se juega cuando se está solo, a adivinar quienes eran, de que hablaban: eran jóvenes, peno no tanto, a ratos permanecían en silencio como para tomar fuerza o ideas para continuar la conversación; hablaban en susurros, hablaban posiblemente de amores y desamores, de encuentros y desencuentros, de amigos de la vida, de lugares comunes…, pero pensó Matías que no tenían relación entre ellos, pues echaba a faltar los arrumacos y carantoñas o alguna otra señal que le hiciera pensar lo contrario. El uno frente al otro y entre ellos la mesa y dos cortados. Se levantó, pagó lo consumido, un espirituoso, y volvió a la oscuridad de la ciudad.
Los bártulos de la castañera estaban cubiertos por una lona, atados con unas cadenas y un par de candados roñosos. Había caído la niebla y ahora los colores eran grises, solo eso; grises. Pasó cerca de la catedral y no le hizo mucho caso, tenía frío, mucho frío.
Se levantó temprano y, como merodeador que era, se perdió entre las calles. La ciudad le pareció otra, distinta, como siempre. El cielo dejaba pasar entre los resquicios de nubes los rayos de sol. Era una ciudad pequeña y ordenada, con amplias zonas peatonales. Las casas pintadas de colores, muchas de ellas azulejadas; una de ellas tenía una ventana justo en la esquina de la casa; le recordó a la que en la Plaza de San Pablo de Valladolid presentaron al heredero los reyes de Castilla; luego el heredero sería Felipe II (menudo salchucho). Encontró varios cafés distintos pero iguales al de la noche anterior; le confundían, dio vueltas y más vueltas por la parte vieja; en uno de establecimientos, todavía cerrado al público, el sol que entraba por la cristalera daba casi de lleno en una mesa, en ella resaltaban dos tacitas blancas, la una frente a la otra, en su interior conservaban el ribete del café ya consumido; entonces reconoció el local. Paseo por los mercados, donde se percibe el pulso de la ciudad y sus gentes. Los mercados populares de todo el mundo son iguales, llenos de exhuberancia y productos de todo tipo; lugares donde el vocerío campa a sus anchas; lugares donde te quedarías a vivir por no sentirte solo. Un zapatero remendón avisaba, con un letrero en el escaparate, a los vecinos ya avisados por la costumbre, que volvía en un si es no es: vamos, que había ido a tomar un tentempié, como todos los días. Comió. Al salir el cielo estaba de nuevo encapotado. Empezó a lloviznar y los adoquines brillaban de nuevo como si fuera algo consustancial a ellos, y Matías pensó que ya era hora de partir a otra ciudad, para llegar al atardecer, como siempre se llega a las ciudades. Pasó al lado de la castañera que se arreglaba la bufanda.
Recordó Matías Crespo que si estaba en Braga era por una cuestión de trueque. Había enviado a Soledades Rubio, Sole, por medio de la cuñada de la portera de la finca donde vivía, un puñado de calabazas blancas, verdes y amarillas y poco después, como respuesta, recibió un par de libros de fotografías. La verdad es que nunca había estado en esa ciudad y si lo hizo fue montado en un libro de fotografías de Braga primorosamente encuadernado en amarillo oro>>
Rufino Calatrava repasó el escrito y con la calabaza en una mano, con la otra apagó el ordenador. Bajó las escaleras de la casa, se sentó en el porche, extendió la mano para coger un cigarrillo y esta vez encontró el paquete. Sonrió. La bruma, la borrasca y la rumia parecía que amainaban. Cuando las cosas se ponían feas el escribir le aliviaba el alma. Miro las flores que animaban al patio y a él mismo y se dijo que no era poco. Ese verano sus hermanos, sus amigos…se acordarían un rato de él.