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Terra
La Coctelera

CRETINOS

 

El local es pequeño, estrecho y alargado, por lo que no es difícil que siempre dé la sensación de estar repleto de parroquianos. Matías acostumbra a sentar sus reales, si alguna la vez los tuvo, temprano por la mañana, al final de la barra, desde donde puede observar las idas y venidas de toda la parroquia. La mayoría de las veces lee, o hace que lee, la prensa. Una prensa que no da más de sí que las noticias locales y un periódico deportivo que los clientes sucesivamente se encargan de requerirle con un. ¿Te importa? Me lo dejas un segundo....Matías siempre asiente. Es un tipo educado, o cree serlo. Habla mucho, pero cuando se le pregunta y anda en confianzas; sino opta por mirar y escuchar, pues como él dice es terreno donde se encuentra a sus anchas y donde de verdad se aprende (de uno mismo y de los demás). La taberna es lugar donde se hablan todos los idiomas, una especie de torre de Babel en ciernes, en donde el más común de los idiomas acaba siendo extraño. Desde el árabe, hasta el mandarín, pasando por la jerga Romaní, Matías hace tiempo que viene pensando que a no poco tardar las gentes no se entenderán,  ni siquiera por señas. Los tiempos han cambiado una barbaridad. Los osados, es decir, los ignorantes, claman por sus fueros; todo el mundo entiende y habla de todo como si en ello le fuera las vida, y así, en estas, todos son más que todos y nadie menos que ninguno. Matías anda en las suyas que no son pocas, pero procura no perder hilo de esas conversaciones, muchas cogidas al hilván, que ni le van ni le vienen, pero que siempre dejan algo interesante para rumiar un rato y luego, tiene excelente memoria, para lo que quiere, tomar algunos apuntes de lo oído y con ello hacer algún escrito acido de los que acostumbra a escribir temprano por la mañana cuando la luz pugna por hacerse un resquicio en la oscuridad, o simplemente unas risas, solas o acompañadas.

Dos cretinos piden un café a su lado y entre bromas y veras hablan de la crisis, el paro, y como para ellos va indisolublemente unido al problema, de los extranjeros. Dafei el propietario, chino, que en pocos años de estancia en el país le queda un pelo para ser baserritarra y por tanto está en el secreto, escucha y calla. A Matías le empiezan a temblar los belfos, como solo le tiemblan con la injusticia; se le calienta la cabeza, y en el fondo de esas ojeras oscuras en las que guarda de común unos ojos tiernos y burlones, estos le comienzan a brillar de ira; se pasa la mano por el rostro, suave, lentamente, casi acariciándose; luego, mirando fijamente a una hucha de barro con forma de cuto, comienza a murmurar por lo bajo, pero lo suficientemente alto para que los cretinos y el chino se den por enterados: MI dios es judío, Mi coche alemán, la gasolina con la que lo nutro kuwaití, MI pizza italiana, MIS números árabes, las letras con las que escribo latinas; a MI madre, angelico del señor, le limpia los mocos, las babas y el culo una andina y...-entonces, Matías, se vuelve a acariciar el rostro, y haciendo un pequeño mutis, añade- YO nunca, jamás, jamás, osaré llamar a otro extranjero. Silencio en la sala. Matías sabe que le miran. Se baja lentamente del taburete, pasa despacio junto a los cretinos, con la mirada al suelo, levanta la mano y dice: hasta luego hermano. Dafei sonríe. En la calle hace frió. Se mete las manos en los bolsillos del tabardo y mirando al suelo y con los hombros encogidos, siente el regusto amargo que deja el poso de la ira. Ya en casa, se sienta en su mesa de trabajo y escribe. Mañana volverá con el claro volverá a sentarse al fondo de la barra, se tomará un té y si le hablan, hablará, y sino, mirará o escuchará. Que se aprende mucho.

CRETINOS

Que dura es la vida

CUENTO DE NAVIDAD

Reyes Magos

Hacia un buen rato que los porteadores habían trasladado los fardos a los camiones, y que estos habían salido a escape libre para alejarse cuanto antes de la zona. Se arrebujaron el uno contra el otro, entre las hamacas que estaban recogidas al lado de un chiringuito en aquella playa ahora desierta. Hacia un frió que helaba el moco y la noche estaba oscura, muy oscura; el más viejo de los dos, que tenía el pelo blanco plateado, hizo un canuto con mimo, destreza, y con una mano; lo encendió con deleite y después de dos aspiraciones profundas se lo paso a su compañero; ninguno de los dos había hablado nada hasta el momento; cogieron mejor posición y se tumbaron en evitación de que el aire de Levante y madrugada, rolando a fuerza cinco, como el día de la Isla Perejil, les calara en los huesos. El anciano señaló con el dedo el cielo y dijo.- Mira, Orión y un poco más allí Cisne y aquella tan brillante, casi en el horizonte, Sirio…, llevamos años viéndolas y nunca cambian, tiene huevos. El joven le miró y acabó en un par de caladas el canuto; le volvió a mirar y luego al reloj y por fin miró a la mar, en la que se habían levantado unas preocupantes olas rizadas. Se quedó absorto con los temblores de la luna en las aguas, y luego musitó en voz baja: -Me estoy poniendo nervioso, hace un rato que deberían haber llegado- La mar se estaba poniendo mal. Se acurrucaron un poco más y así entre miradas y miradas, cada vez más insistentes al reloj, fueron pasando las horas. No podían esperar más. Pronto amanecería y no era prudente seguir más tiempo en la playa. Esperaron diez minutos más y al ver que nadie venía, se montaron en el pequeño utilitario y salieron a golpe de calcetín. De los camiones, el más retrasado ya estaría casi casi en Sevilla, camino del norte, los otros pasado Málaga y algunos en Almería y Valencia. Era media mañana y en la radio se enteraron que una patera, una más, había volcado en el Estrecho, sólo se había recuperado el cuerpo de un negrito del que en un papel que llevaba en el bolsillo, decía que se llamaba Baltasar. Para la cabalgata del día cinco de Enero tendrían que buscar un propio que se pintara la cara. .- Maldito estrecho, cualquier día la joderemos nosotros, anda lía un canuto bien cargado Melchor-. Gaspar miró a Melchor y le pareció que cada día estaba más viejo, el tiempo y los disgustos no pasaban en balde.

TRUEQUE

TRUEQUE

Sentado en el porche empedrado de la casa pensaba Rufino Calatrava que había llegado la primavera y todavía no se le había ocurrido nada que llevar al papel; algo que venía haciendo año tras año, sin dejar pasar uno, para regalar a los hermanos, amigos…Sin otro fundamento que los leyeran en verano y así se acordaran, al menos durante un rato, de él.

Lo cierto es que la borrasca que le había llenado la cabeza los últimos meses no había escampado por completo; eran días que las nubes, oscuras y densas, estaban tan cerca de su cabeza que casi podía tocarlas con las manos. Recordó a su amigo Restituto Mantecón cuando le dijo que lo único que había heredado por parte materna era imaginación, mucha imaginación, puesto que ella, no en vano, había tenido que luchar con denuedo para sacar adelante a la familia cuando enviudó; por parte paterna heredó el apellido, algún viejo documento donde se demostraba su hidalguía y poco más, lo que le había llevado a Restituto a buscarse la vida con prontitud, dando en ligeramente multimillonario. A fe que Rufino lo había intentado y a lo máximo que llegó fue a desarrollar una gran, excesiva diría yo, imaginación, que al contrario que a su amigo de poco le había servido, y a estas alturas de la vida había desistido en el empeño del resto. Sin embargo ahora la cabeza le andaba en rumia y no estaba para zarandajas, y menos aún para florituras.

Buscaba y rebuscaba en el archivo de los recuerdos por ver si de esa manera encontraba el principio, un párrafo, una frase o siquiera una palabra, algo, algo que le ayudara a comenzar el relato. Miró con deleite, y por enésima vez, las flores que alegraban el patio de la casa y a él mismo; extendió la mano, sin mirar, hacia la mesa que tenía a su lado y encontró una calabaza, se quedó perplejo; luego la miró y la remiró, entonces una leve sonrisa apareció en su cara. Se levantó lenta y pausadamente, subió las escaleras hasta su estudio donde pasaba las horas muertas, que ahora, desde que decidió jubilarse anticipadamente, eran muchas. Se sentó en la mesa, puso la calabaza en un lado, y encendió el ordenador, y comenzó a escribir.

<<La primera vez que Matias Crespo estuvo en Braga fue por una cuestión de trueque, de cariñoso trueque, y fue más o menos por estas fechas. Lo mismo que estar en Braga podría haber estado en cualquier otra ciudad; la vida se la pasaba llegando a ciudades casi siempre al atardecer; cuando la ciudad no recoge sino acoge; cuando las gentes de bien andan en presurosa recogida; cuando todavía las luces de neón se confunden en el anochecer. Al poco llega la noche y escondiéndose entre las luces y las sombras, Matías se adentra, al buen tuntún, al encuentro de no se sabe muy bien el qué, pero al encuentro. Sabía Matías, porque ya lo había percibido otras veces, que la primera y mejor impresión de la ciudad, de esta y de todas, es la nocturna, cuando ya no caben otros colores que los van del gris al negro.

Salió del hotel y caminó sin rumbo por la calles de la vieja ciudad. Todo estaba húmedo y frío. Se subió el cuello del tabardo hasta donde le dio de si, que no era mucho. Los adoquines humedecidos reflejaban los suaves y alargados guiños de las farolas. En un cruce, una castañera, envuelta por los humos de su fogón portátil, alargaba la jornada entre los escasos transeúntes, mientras se cernía la bufanda por la cabeza a modo de pañolón, para después frotándose las manos enfundadas en unos guantes de lana sin dediles, anunciar su mercadería. Los comercios habían cerrado y algún tardano daba un último toque de orden a su escaparate, un poco más adelante un viejecito miraba a través de la reja un escaparate, dudando si ésta lo encerraba a él o a los artículos que se exponían; enfrente, un enorme traje de novia de dudoso gusto, esperaba a una mujer imposible, que probablemente nunca llegaría; justo al lado, una peluquería de señoras exponían la última moda, que a tenor de los diseños poca clientela habría de tener; poco más allá, entre la bruma, destacaban las torres de la catedral, y en la esquina de una plaza, un kiosco quería ser Paris.

En las estrechas calles algunos cafés. Cafés de los de antes, con mesitas de cristal que el tiempo y el uso había convertido en opaco, ribeteadas con borde de latón salpicado de melladuras; mesas redondas, pequeñitas, rodeadas de sillas de cuero cuarteado que a él le recordaban a sacristía y rebotica. Los techos altos, altísimos, estaban adornados con cenefas de escayola en sus bordes, y grandes espejos que, por sus brillos, denotaban una meridiana limpieza. Es en estos cafés donde la gente se recoge y refugia de la oscuridad y el frío; lugares que andan entre la soledad y la tertulia. Entró en uno de ellos y se sentó al fondo, en un rincón cercano a la barra, frente a la puerta de entrada; siempre se sentaba cara a la galería. En una mesa un grupo de contertulios entrado en años se contaban lo que siempre se habían contado, viejas historias, que de tanto repetirlas, en poco, o en nada, se parecían a ellas mismas; a pesar de ello se prestaban una religiosa atención. Le vino al recuerdo “La Colmena” de Cela e incluso creyó entrever entre ellos a Don Ibrahin de Ostolaza y Bofarul, disertando sobre la usucapio. Unas mesas más allá un grupo de estudiantes alzaban sus voces sobre el murmullo de fondo, mientras devoraban sándwiches y bocadillos. Un niño, que apenas alcanzaba la altura de la barra de mármol blanquecino con vetas grisáceas, miraba embelesado los tarros de caramelos sin llegar a decidirse por ninguno de ellos; a su lado un hombre miraba al techo absorto, probablemente solo miraba por no pensar en nada. Las puertas batientes de la cocina, cuando se abrían, le llenaban de olores a refrito. Con las horas los parroquianos se fueron marchando, el ambiente de humera se desvaneció, quedándose solos Matías, el camarero y una pareja en la otra esquina, junto al hermoso y acristalado mirador modernista que daba a la calle. Se fijó en ellos y jugó, como se juega cuando se está solo, a adivinar quienes eran, de que hablaban: eran jóvenes, peno no tanto, a ratos permanecían en silencio como para tomar fuerza o ideas para continuar la conversación; hablaban en susurros, hablaban posiblemente de amores y desamores, de encuentros y desencuentros, de amigos de la vida, de lugares comunes…, pero pensó Matías que no tenían relación entre ellos, pues echaba a faltar los arrumacos y carantoñas o alguna otra señal que le hiciera pensar lo contrario. El uno frente al otro y entre ellos la mesa y dos cortados. Se levantó, pagó lo consumido, un espirituoso, y volvió a la oscuridad de la ciudad.

Los bártulos de la castañera estaban cubiertos por una lona, atados con unas cadenas y un par de candados roñosos. Había caído la niebla y ahora los colores eran grises, solo eso; grises. Pasó cerca de la catedral y no le hizo mucho caso, tenía frío, mucho frío.

Se levantó temprano y, como merodeador que era, se perdió entre las calles. La ciudad le pareció otra, distinta, como siempre. El cielo dejaba pasar entre los resquicios de nubes los rayos de sol. Era una ciudad pequeña y ordenada, con amplias zonas peatonales. Las casas pintadas de colores, muchas de ellas azulejadas; una de ellas tenía una ventana justo en la esquina de la casa; le recordó a la que en la Plaza de San Pablo de Valladolid presentaron al heredero los reyes de Castilla; luego el heredero sería Felipe II (menudo salchucho). Encontró varios cafés distintos pero iguales al de la noche anterior; le confundían, dio vueltas y más vueltas por la parte vieja; en uno de establecimientos, todavía cerrado al público, el sol que entraba por la cristalera daba casi de lleno en una mesa, en ella resaltaban dos tacitas blancas, la una frente a la otra, en su interior conservaban el ribete del café ya consumido; entonces reconoció el local. Paseo por los mercados, donde se percibe el pulso de la ciudad y sus gentes. Los mercados populares de todo el mundo son iguales, llenos de exhuberancia y productos de todo tipo; lugares donde el vocerío campa a sus anchas; lugares donde te quedarías a vivir por no sentirte solo. Un zapatero remendón avisaba, con un letrero en el escaparate, a los vecinos ya avisados por la costumbre, que volvía en un si es no es: vamos, que había ido a tomar un tentempié, como todos los días. Comió. Al salir el cielo estaba de nuevo encapotado. Empezó a lloviznar y los adoquines brillaban de nuevo como si fuera algo consustancial a ellos, y Matías pensó que ya era hora de partir a otra ciudad, para llegar al atardecer, como siempre se llega a las ciudades. Pasó al lado de la castañera que se arreglaba la bufanda.

Recordó Matías Crespo que si estaba en Braga era por una cuestión de trueque. Había enviado a Soledades Rubio, Sole, por medio de la cuñada de la portera de la finca donde vivía, un puñado de calabazas blancas, verdes y amarillas y poco después, como respuesta, recibió un par de libros de fotografías. La verdad es que nunca había estado en esa ciudad y si lo hizo fue montado en un libro de fotografías de Braga primorosamente encuadernado en amarillo oro>>

Rufino Calatrava repasó el escrito y con la calabaza en una mano, con la otra apagó el ordenador. Bajó las escaleras de la casa, se sentó en el porche, extendió la mano para coger un cigarrillo y esta vez encontró el paquete. Sonrió. La bruma, la borrasca y la rumia parecía que amainaban. Cuando las cosas se ponían feas el escribir le aliviaba el alma. Miro las flores que animaban al patio y a él mismo y se dijo que no era poco. Ese verano sus hermanos, sus amigos…se acordarían un rato de él.

yo estuve allí

Hace pocos días Javier Marías distinguía, entre otras cosas, a los turistas de los viajeros. Venía a decir que los primeros son vocingleros en tropel llenando cada metro, mejor, centímetro cuadrado, de cualquiera de las ciudades, monumentos y rincones; molestando a todo lo molestable; haciendo la vida imposible de propios y extraños; con la cámara fotográfica o de video pegada al ojo, como si fueran parte inseparable de sus cuerpos, lo que les hace ver solo lo concreto y obviar el entorno y el contorno. En definitiva perdiendo el pulso, color y olor de lo visitado y sus gentes, que es lo que diferencia, sin lugar a dudas, un país de otro y una ciudad de otra. Luego, ya en sus casas, se reunirán delante del televisor y pasaran las fotos mientras las comentarán: Esto es Venecia, más exactamente el puente Alto; esta otra la catedral de San Mateo que está en la plaza que lleva su nombre…Los viajeros sin embargo suelen viajar, de común, solos o en pareja. Andan reposadamente, se diría que sin ir a ningún sitio. Se sientan donde los paisanos se sientan, con la sola intención de ver pasar el día. Visitan los mercados de abastos y al atardecer, si se tercia, se apuntan a misa en cualquiera de las iglesias, que aunque también se señalan en las guías, se visitan poco por falta de tiempo, o porque al parecer son menos importantes que las otras. Sacan pocas fotos, las necesarias, pues las mejores instantáneas son las que se guardan en la memoria.

Vivimos tiempos de desmesura, de demostrar que estamos a la última, que acudimos a todos los templos y eventos de modernidad, a visitar a los grandes gurús de la cocina, a ver lo que pocos han visto, llegamos a los lugares más recónditos de la tierra. Vivimos para contarlo: Ayer tomamos una botellita de Petrus… 1200 euros, ya sabes. Pasado mañana vamos al desierto del Gobi, 5000 Euros por persona, para hacer senderismo. Esto se está poniendo imposible. Fíjate, me cobraron en la reventa 4500 Euros por dos entradas para ver a José Tomas… Dicen todo esto, y más, como quien no quiere la cosa… que dice. Ahora todo el mundo quiere decir que él estuvo allí, como los turistas. Los viajeros responderán que un día en Cuenca, como quien dice a la vuelta de la esquina, estaba sentado en una placita de la que no recuerda el nombre, y enfrente una pareja de avanzada edad comía unos bollos de leche, y que cuando acabaron la labor, ella con delicadeza le retiró unas migajas que se le habían quedado engarzadas en el bigote al que sin duda era su marido; después, le cogió la mano y llevándosela a la boca le dio un beso, lo miró y sonrió. Eso es Cuenca y no las casas colgadas o la catedral. Además, de no haberle tirado de la lengua jamás lo hubiera contado. Fue gratis, y él, solo él, estuvo allí. Un lujo.

Yo estuve allí

Hace pocos días Javier Marías distinguía, entre otras cosas, a los turistas de los viajeros. Venía a decir que los primeros son vocingleros en tropel llenando cada metro, mejor, centímetro cuadrado, de cualquiera de las ciudades, monumentos y rincones; molestando a todo lo molestable; haciendo la vida imposible de propios y extraños; con la cámara fotográfica o de video pegada al ojo, como si fueran parte inseparable de sus cuerpos, lo que les hace ver solo lo concreto y obviar el entorno y el contorno. En definitiva perdiendo el pulso, color y olor de lo visitado y sus gentes, que es lo que diferencia, sin lugar a dudas, un país de otro y una ciudad de otra. Luego, ya en sus casas, se reunirán delante del televisor y pasaran las fotos mientras las comentarán: Esto es Venecia, más exactamente el puente Alto; esta otra la catedral de San Mateo que está en la plaza que lleva su nombre…Los viajeros sin embargo suelen viajar, de común, solos o en pareja. Andan reposadamente, se diría que sin ir a ningún sitio. Se sientan donde los paisanos se sientan, con la sola intención de ver pasar el día. Visitan los mercados de abastos y al atardecer, si se tercia, se apuntan a misa en cualquiera de las iglesias, que aunque también se señalan en las guías, se visitan poco por falta de tiempo, o porque al parecer son menos importantes que las otras. Sacan pocas fotos, las necesarias, pues las mejores instantáneas son las que se guardan en la memoria.

Vivimos tiempos de desmesura, de demostrar que estamos a la última, que acudimos a todos los templos y eventos de modernidad, a visitar a los grandes gurús de la cocina, a ver lo que pocos han visto, llegamos a los lugares más recónditos de la tierra. Vivimos para contarlo: Ayer tomamos una botellita de Petrus… 1200 euros, ya sabes. Pasado mañana vamos al desierto del Gobi, 5000 Euros por persona, para hacer senderismo. Esto se está poniendo imposible. Fíjate, me cobraron en la reventa 4500 Euros por dos entradas para ver a José Tomas… Dicen todo esto, y más, como quien no quiere la cosa… que dice. Ahora todo el mundo quiere decir que él estuvo allí, como los turistas. Los viajeros responderán que un día en Cuenca, como quien dice a la vuelta de la esquina, estaba sentado en una placita de la que no recuerda el nombre, y enfrente una pareja de avanzada edad comía unos bollos de leche, y que cuando acabaron la labor, ella con delicadeza le retiró unas migajas que se le habían quedado engarzadas en el bigote al que sin duda era su marido; después, le cogió la mano y llevándosela a la boca le dio un beso, lo miró y sonrió. Eso es Cuenca y no las casas colgadas o la catedral. Además, de no haberle tirado de la lengua jamás lo hubiera contado. Fue gratis, y él, solo él, estuvo allí. Un lujo.

Brezos

Se cambió de muda, se puso chaqueta y corbata. Se puso propio. La mañana era fría, muy fría y el churrero de la esquina, adonde los patos y ansarones, había hecho la masa de víspera y las colas delante de su carromato eran continuas. Eran las cinco y algunos minutos. La gente fue cogiendo posiciones en los baluartes de los fosos, a esas horas ya en segunda y tercera fila pues siempre los madrugadores copan los mejores puestos. Alrededor la gente hablaba quedamente y el vaho de sus conversaciones empañaba las gafas y a algunos el alma; a su lado una señora con abrigo de visón, esposa de un estraperlista conocido de la ciudad, cogía de la mano a un niño pelirrojo que comía churros, uno detrás de otro, como si tuviera prisa; a su espalda un sacerdote-obrero de la parroquia cercana musitaba un no sé qué de que verdes son las praderas más nada me falta; más allá el registrador de la propiedad (al que de verdad nada le faltaba) pellizcaba, con disimulo en las nalgas a su querida y el placer le nublaba la vista. Llegó primero una camioneta con guardias civiles, detrás un furgón sin ventanas, inmediatamente después otra más con más guardias civiles y cerrando el convoy una ambulancia del ejercito. Bajaron del furgón a Pepe Menéndez y lo acercaron al muro, donde los brezos crecían entre las rendijas y los gorriones hacían sus nidos; lo pusieron de espaldas al mismo y un sacerdote con sotana, tres cuartos negro y teja, se puso la estola, morada, como sus narices, también sospechosamente moradas, y empezó a leer de un breviario, delante de ellos a escasos veinte metros se formo el pelotón; el capitán que lo mandaba se acercó al reo y le colgó con un imperdible una telilla blanca, apenas la mitad de un pañuelo, a la altura del corazón, después le ofreció otro pañuelo, esta vez oscuro, quizás negro, con el que le cubrieron los ojos como a los caballos de los picadores por San Fermín, mal. La señora del abrigo de visón se acercó al oído del pelirrojo y le comentó algo, el niño dejo de comer churros. Se fijó atentamente en Pepe Menéndez y recordó lo chusco que había sido su juicio, las nulas posibilidades de éxito que el asunto había presentado; las chulerías y desaires que el presidente el tribunal, militar, le había hecho sufrir como abogado de la defensa. Dieron las ordenes de carguen, apunten y continuo mirando a Pepe Menéndez, ahora en sus pantalones, no se porqué, y estos empezaron a empaparse de orines, y entonces dieron la orden de fuego. Cuando llegó a casa solo fue capaz de decir que se había meado en los pantalones y que eso, solo eso ya era una cabronada.

Poco antes de las elecciones que habían llevado al poder al nuevo partido gobernante, este había prometido la reinstauración de la pena de muerte para ciertos delitos y lo prometido es deuda. Después, por el bien del país, se suprimieron, transitoriamente se dijo, algunos derechos fundamentales consagrados en la vieja Constitución; se dejaron en suspenso las actividades de los partidos políticos; se recuperaron los antiguos Tribunales de Orden Público, la ley de Vagos y Maleantes y contra la Masonería; el Estado se declaró confesional y a las " otras " religiones, para ellos sectas, se las restringió sus actividades públicas; el Corpus pasó a ser otra vez fiesta, fiesta mayor, fiesta de guardar. Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol, Corpus Christi, Jueves Santo y la Ascensión. Las cárceles se llenaron de insurgentes, disidentes, negros y extranjeros, y mientras los bolsillos de los abogados engordaban sus almas enflaquecían. Poco después de la ejecución, a lo más tardar dos días, los atentados terroristas siguieron y la violencia continuó campando por sus respetos. No supo cómo llego a su despacho, de forma anónima, un manifiesto para que lo firmara en petición de las libertades abolidas. Lo firmo.

Hoy se ha cambiado de muda, se ha puesto chaqueta y corbata. Se ha puesto propio. El churrero de la esquina ha hecho la masa de víspera y las colas se suceden sin interrupción y son las cinco de la mañana y algunos minutos y la señora del abrigo de visón con el pelirrojo de la mano ocupa una posición privilegiada en el baluarte de los fosos, adonde los patos y ansarones; el Registrador de la Propiedad pellizca, con disimulo, pero pellizca, en las nalgas a su nueva amante y el cura-obrero sigue a su lado; todo igual que hace unos meses, cuando fusilaron a Pepe Menéndez, solo que esta vez tienen al pelotón de frente y por abrigo, en esta mañana fría, muy fría, la muralla a su espalda, donde los brezos que nacen entre las grietas han florecido y le dan un color fucsia; los gorriones comienzan con su ruidera y el cura castrense lee de su breviario. El capitán que manda el pelotón les cuelga una trapillo blanco, la mitad de una pañuelo, en el pecho y les ofrece un pañuelo para taparles los ojos como a los caballos de los picadores en San Fermín, mal, y el se niega y el cura-obrero también. Recuerda, más nítido que nunca, a Bertolt Brecht: … primero se llevaron a los judíos, luego a los disidentes, luego a los comunistas, luego a los curas y al final vinieron a por mí y estaba solo… o algo así. Se acuerda de su psiquiatra, cuando le hablaba de su narcisismo y quiere mantener la compostura y dignidad; se le aparece la imagen del pantalón mojado hasta los zapatos de Pepe Menéndez, y se dice que nó, que él nó (tiene cojones, piensa, en esta situación acordándose de la raya del pantalón) y mientras dan las ordenes de carguen, apunten, siente como poco a poco un agradable calorcillo se extiende hasta los zapatos por sus pantalones de franela. Hijos de puta.

Foto es blanco y negro es verano y artilleria

La foto es en blanco y negro. Es verano y la artillería israelí, como tantas otras veces, de madrugada, apenas hace unas pocas horas, ha bombardeado los territorios ocupados de Gaza. Entre la multitud y sus estandartes y banderas, negras de los chiis y verdes del color del Islam, asoma el polvo que difumina los rostros de los más alejados del foco. Por encima de la algarabía se alza una figura llevada en volandas por los asistentes. Su brazo izquierdo acoge lo que parece una sabana, y entre los pliegues de la misma asoma la carita de un niño de pocos meses. Está muerto antes de haber vivido. El brazo del padre se levanta, con los dedos rígidos por la ira, quiero creer que hacia el cielo. Me viene a la memoria la imagen de Dios que extiende su mano intentando salvar una distancia, corta, aunque parece insalvable, hacía la mano de Adán, que también extiende la suya, para insuflarle la vida. Es la imagen de la creación que Miguel Ángel pintó hace siglos en los techos y paredes que cubren por entero la Capilla Sixtina de Roma.

¿El padre pide un soplo de vida, o justicia? El tiempo de los milagros bíblicos ya pasó, y la justicia parece que tardará en llegar.